Hamnet
En un momento en el que ya no espero nada bonito de este terrible mundo, Hamnet es un oasis de belleza y humanidad. He intentado dar orden a la resaca emocional que me ha provocado.
No he leído el libro de Maggie O’Farrell, apenas conozco la historia de Anne Hathaway (la esposa de William Shakespeare). Sólo he visto la película, sólo he visto el quinto largometraje de una cineasta poco habitual que, sin embargo, es capaz de capear los temporales comerciales con elegancia y buen hacer. No me importan los posibles errores históricos, las licencias… Es más, las celebro, porque lo único que me importa de Hamnet es la experiencia vivida con ella, es la obra cinematográfica en sí. No voy a compararla con libro ni con hechos históricos.
Mi hija me advirtió.
Es la mejor película. Chloé Zhao se merece todos los premios. Lo que hace Jessie Buckley no es normal. ¡Por qué le han robado la nominación al Oscar a Paul Mescal! He llorado toda la película. No sé si la podré volver a ver…
Era una explosión incontrolada de entusiasmo.
Yo soy de lágrima fácil. Mi hija, no. Así que iba preparada con mi paquete de pañuelos, convencida de que lo iba a agotar.
Con todas esas advertencias de mi hija creo que llegué a la sala del cine con una coraza que me protegiera de gastar ese paquete de pañuelos. Decidí concentrarme en desentrañar por qué es tan buena la película, más que buena, por qué está provocando tanto revuelo, por qué la gente se queda en ella incluso varios días después de haberla visto. Por qué está gustando tanto.
Ojo crítico, me dije. Así que, para sorpresa mía, no lloré. Bueno, esto no es del todo cierto. Me había pasado toda película totalmente pegada a la butaca, absorta. Saboreando cada plano, cada mirada, cada peca del rostro de Jessie, cada fragmento, cada tronco del bosque, cada composición, cada interpretación, cada retazo de vida, cada rincón de la pantalla.
Seguramente eso me sirvió para no llorar, no porque no lo mereciera la historia, sino porque adquirí una actitud casi brechtiana ante lo que veía.
El film discurre con calma. Con la calma justa, para que el público, habituado a la vorágine de imágenes de consumo, no se aburra. El tempo es perfecto. Zhao no tiene prisa, pero sabe exactamente qué contar y cómo contarlo. Cada escena encaja perfectamente en la historia. No se alargan ni se recrean en sentimentalismos fáciles, aunque en algún momento los pudiera rozar. Al no haber leído la novela me asaltan las dudas de cómo está narrado con palabras lo que aquí son imágenes, miradas, movimientos. Pero tengo confianza en que todo está correcto, al fin y al cabo no quiso escribir el guion sin la escritora de la novela. Así que cuatro manos, dos mujeres, Chloé y Maggie, de mundos opuestos, describieron en imágenes lo que la segunda imaginó.
Y Maggie imaginó un universo casi telúrico en el que habitan mujeres, muchas mujeres y algún hombre. Mujeres que cuidan su genealogía porque Agnès hace constante referencia a su madre y transmite a sus hijas lo que de ella aprendió. Estamos en un entorno doméstico femenino y terrenal, con pinceladas mitológicas y bíblicas (imposible no acordarse de las plagas de Egipto cuando el agua inunda y recorre las calles para entrar en el hogar en el momento del alumbramiento.
Esa anticipación de la tragedia que bebe de la tradición judeocristiana y que se impregna de las visiones de Agnès, visiones que nos recuerdan a las pensadoras y poetas religiosas: Teresa, Hildegard, Juana.
Sí, para mí, esos momentos entre mujeres, mujeres que cuidan, que paren, que ayudan a parir, que amortajan, que guardan son los que marcan la película. Las mujeres como guardianas de la familia, de la memoria, de la fuerza y la resiliencia, del dolor en silencio, del luto interior, del duelo íntimo.
Hamnet transita y se adentra en los universos femeninos, como decía, porque es una historia perfectamente sexuada, cuyo universo está dividido en dicotomías, lo femenino/lo masculino, lo terrenal/lo espiritual, la naturaleza/la creación. Sin embargo, no son necesariamente antagónicos, sino que fluyen paralelos con igual relevancia, aunque el foco y la mirada de la historia está en Agnès, y están condenados a confluir en un entendimiento superior.
Hamnet es cine. Es cine del que disfrutar. Es cine consciente de su medio y así lo exprime. Y no es de extrañar cuando uno de los responsables detrás de esta película es un productor de esos que casi no quedan, porque él mismo es un hombre de cine, una leyenda más bien, y lo ama profundamente y con su empresa (Amblin Entertainment) ha apoyado incondicionalmente el proyecto: Steven Spielberg.
Pero además Hamnet es cine europeo e independiente (en estilo), aunque viene con el respaldo del gigante Universal (y gracias a eso está donde está).
El equipo artístico cumple una o las dos características. El reparto es irlandés y británico. El compositor, el alemán Max Richter, ha trabajado sobre todo en co-producciones europeas al igual que su director de fotografía, el polaco Łukasz Zal, responsable de la fotografía de películas como Cold War o La zona de interés. Mientras que el trabajo más comercial que ha realizado la diseñadora de vestuario, Malgosia Turzanska (polaco-estadounidense), ha sido para Stranger Things. Por otro lado, el montaje viene de otro veterano del cine internacional e independiente de EE.UU., el brasileño Affonso Gonçalves. La propia Chloé Zhao sólo ha trabajado en un proyecto para Hollywood, The Eternals.
Esta película lo tenía todo para triunfar y todo para fracasar.
Ha triunfado. Claro, no vamos a negar que se han trabajado mucho la campaña de marketing, pero desde la elegancia discreta. Han estado en todas partes, pero sin circo. Sólo siendo ellas y ellos mismos. Sus intérpretes no han necesitado “disfrazarse” de sus personajes para seguir dando espectáculo, no le han restado protagonismo a la película. No ha habido histrionismos de estrellas necesitadas de atención, por ejemplo, Jessie Buckley no ha tenido que desfilar medio desnuda por las alfombras rojas y photocalls para atraer las miradas y los clics en las redes sociales.
Han hablado de su película, han permitido que ésta exista por sí misma y han dejado a sus personajes en la pantalla, donde deben estar.
Y, sin embargo, todo el mundo comenzó a hablar de ella en cuando se vio en los primeros pre-estrenos. Tal vez porque la audiencia está cansada de papel cuché, de glamur acartonado, de imposturas, de falsedades. Tal vez porque echamos de menos las caras reales y humanas de las actrices, las caras imperfectas, iluminadas para no disimular las arrugas e imperfecciones de sus rostros. Rostros que transmiten vida, que transmiten emociones.
¿Es por eso que la gente la ama? Creo que hay algo más. Para mí es mucho más que una historia que habla de aprender a amar y del duelo por la muerte de un hijo. Es mucho más porque ha aparecido en el momento justo para ser amada. El momento en el que se está cuestionando el cine, la creatividad y la cultura. El momento en el que la IA amenaza lo más hermoso que tiene la humanidad: la creación. Y los seres humanos seguimos necesitando la creación (propia o ajena), para no perder nuestra dignidad, nuestra identidad, nuestra complejidad. Para poder seguir pensándonos, seguir entendiendo el mundo y a la vez cuestionándolo, porque es lo único que nos da realmente la inmortalidad como especie y nos trasciende más allá de nosotras mismas.
Y por eso la escena final (que no voy a destripar) nos destroza, nos conmueve, nos abduce y nos inspira. Eso y por su intensa belleza. Y por su condición redentora.
Decía al principio que conseguí no llorar en toda la película. Bueno, hasta el final, momento en el que ya no pude parar. No, no fue una lagrimita de emoción, fue un torrente acumulado que no podía contener.








